El ruido que nos enferma y el silencio que nos condena
Escrito por OndaAguere el 6 de febrero de 2026
Durante años se nos ha hecho creer que, con la edad, la audición se deteriora y que los ruidos del entorno dejan de afectarnos. La realidad es otra muy distinta. A mis 66 años no escucho menos: escucho peor, porque el ruido constante se ha convertido en una agresión diaria. No es solo una molestia; es una alteración continua del equilibrio emocional y de la calidad de vida.
Resido en las proximidades del aeropuerto de Los Rodeos, en San Cristóbal de La Laguna. Desde aquí se percibe con absoluta claridad el aumento imparable de despegues y aterrizajes. Aviones que sobrevuelan nuestras casas durante prácticamente todo el día, sin pausas reales, sin respeto por el descanso, sin importar quién vive debajo. Este ruido repetido no es inocuo: desgasta, irrita y termina enfermando.
Las viviendas construidas hace décadas no fueron diseñadas para soportar este nivel de contaminación acústica. No había necesidad entonces. Hoy, sin embargo, se nos exige adaptarlas a golpe de talonario, como si la responsabilidad fuera exclusivamente nuestra. El coste del aislamiento acústico es inasumible para muchas personas mayores, pensionistas o familias trabajadoras. Mientras tanto, las administraciones responsables se limitan a mirar hacia otro lado.
Se aprueban ordenanzas que no resuelven el problema de fondo. Normas redactadas en despachos, sin contar con quienes padecemos el ruido a diario. Ordenanzas que solo sirven para aparentar que se hace algo, mientras el tráfico aéreo sigue aumentando. Cuando los ciudadanos protestamos, la respuesta es el silencio administrativo, la desinformación o el eterno “no es de nuestra competencia”. Una forma elegante de lavarse las manos.
A esta agresión sonora se suma la contaminación medioambiental derivada del incremento del tráfico aéreo, otro asunto deliberadamente minimizado. ¿Alguien se atreve a afirmar con honestidad que este nivel de ruido no tiene consecuencias sobre la salud mental? Estrés, ansiedad, insomnio, irritabilidad, deterioro cognitivo… ¿De verdad nadie ve la relación? No se investiga porque no interesa. No hay presupuesto, dicen. O peor aún: no hay voluntad.
Cuando el problema incomoda a los intereses económicos, se oculta. Cuando afecta a ciudadanos sin poder, se relativiza. Y si algún día se realizan estudios, muchos sospechamos que se orientarán para tranquilizar conciencias, no para proteger a las personas.
Ante este abandono institucional, solo queda una vía: la acción ciudadana organizada. Los vecinos afectados debemos dejar de actuar de forma aislada y empezar a hacerlo de manera colectiva. Crear plataformas, exigir mediciones acústicas independientes, reclamar estudios sanitarios reales y vinculantes, y forzar a las administraciones —políticas y sanitarias— a asumir su responsabilidad.
Es imprescindible acudir a los centros de salud y dejar constancia médica de los efectos del ruido: trastornos del sueño, ansiedad, hipertensión, deterioro emocional. Que quede registrado. Porque lo que no se documenta, se niega. Y lo que se niega, se perpetúa.
El miedo y el cansancio nos han mantenido callados demasiado tiempo. Pero callar no nos protege; nos debilita. El ruido nos está enfermando, y el silencio administrativo nos está condenando. Seguir aguantando no es una opción digna. Defender el derecho a vivir sin agresiones sonoras no es un capricho: es una cuestión de salud pública y de justicia social.