La autoconstrucción: cuando los jóvenes también podían construir su propia vivienda

Escrito por el 15 de septiembre de 2026

La autoconstrucción: cuando los jóvenes también podían construir su propia vivienda

 Una experiencia de nuestra generación que merece ser recordada

Hoy hablamos constantemente de las dificultades que tienen los jóvenes y las familias para acceder a una vivienda. Los precios de compra y alquiler han aumentado, los salarios no siempre permiten afrontar una hipoteca y muchas personas tienen que retrasar durante años la posibilidad de tener una vivienda propia.

Pero quienes vivimos otras épocas recordamos que el problema de la vivienda tampoco era fácil entonces.

La vivienda era cara. Muchas veces, nuestros ingresos no permitían comprar una casa terminada y tampoco era sencillo conseguir financiación.

Sin embargo, existía otra posibilidad: construir nuestra propia vivienda.

No todos heredamos un solar

En nuestra juventud, muchos de nosotros no disponíamos de terrenos heredados.

Teníamos que buscar y comprar un solar.

Después comenzaba un proceso que hoy puede resultar difícil de imaginar: trabajar durante la semana y dedicar los días festivos, fines de semana y tiempo libre a construir nuestra propia casa.

La vivienda se iba haciendo poco a poco, conforme las posibilidades económicas de cada familia lo permitían.

Se compraban los materiales y se aportaba el propio trabajo.

De esta manera, el esfuerzo personal se convertía directamente en patrimonio y en algo tan fundamental como tener un hogar.

La Administración también tenía un papel

Y hay un aspecto de aquella época que consideramos especialmente importante recordar.

Los jóvenes solicitábamos a las Administraciones proyectos de autoconstrucción de viviendas.

La idea era sencilla: la familia podía adquirir el solar y asumir los materiales y buena parte del trabajo, mientras que la Administración facilitaba la parte técnica y administrativa necesaria para que la vivienda pudiera construirse de forma ordenada y legal.

La Administración podía intervenir facilitando proyectos, orientación técnica y la tramitación necesaria.

De esta manera, una familia que no podía permitirse comprar una vivienda terminada podía encontrar otra vía para acceder a ella.

No se trataba de construir sin normas.

Al contrario: se trataba de facilitar que las familias pudieran construir dentro de una planificación ordenada.

Y había algo todavía más importante: los vecinos

Pero existe otro elemento que no podemos olvidar y que probablemente sea aún más difícil de recuperar hoy: la colaboración entre vecinos.

Cuando una familia estaba construyendo su vivienda, los vecinos, amigos y familiares podían acercarse para echar una mano.

Unos sabían de albañilería, otros de electricidad, otros de pintura, otros simplemente aportaban sus brazos y su tiempo.

 Y muchas veces esa ayuda no se hacía a cambio de dinero.

Se hacía porque existía una idea muy sencilla:

“Hoy por ti, mañana por mí.”

Cuando uno necesitaba ayuda, los demás estaban allí.

Y cuando posteriormente otro vecino comenzaba su casa, llegaba el momento de devolver aquella ayuda.

Era una forma de solidaridad que permitía que muchas familias pudieran reducir los costes de construcción y, al mismo tiempo, fortalecía las relaciones entre vecinos.

No era solamente una cuestión económica.

Era también una forma de entender la vida en comunidad.

Una economía que no aparecía en las cuentas

Cuando hablamos hoy del precio de construir una vivienda, normalmente calculamos: solar + materiales + técnicos + mano de obra + impuestos + gastos financieros + otros costes.

Pero aquella generación contaba también con algo que difícilmente aparece en una factura: el trabajo solidario de la comunidad.

Muchas horas de trabajo aportadas gratuitamente por vecinos, familiares y amigos podían convertirse en una parte importante de la construcción.

Eso no significa que todo fuese fácil ni que aquellas viviendas se construyeran sin esfuerzo.

Todo lo contrario.

Significa que existía una combinación de: trabajo personal + trabajo familiar + colaboración vecinal + materiales + apoyo de la Administración.

Y esa combinación hacía posible algo que para muchas familias habría sido imposible de otra manera.

El esfuerzo de una generación

Para muchos de nosotros, aquella vivienda representó mucho más que cuatro paredes.

Representó años de trabajo.

Representó madrugar para trabajar y, después, continuar trabajando en nuestra propia casa.

Representó dedicar festivos y fines de semana a levantar paredes, preparar instalaciones, comprar materiales y avanzar poco a poco.

Y representó también una satisfacción difícil de explicar: saber que aquella vivienda se había conseguido fundamentalmente con nuestro propio esfuerzo.

Pero no solamente con nuestro esfuerzo.

También con el esfuerzo de quienes estaban a nuestro alrededor.

La casa de una familia podía terminar siendo, en cierta manera, una obra en la que había participado buena parte de la comunidad.

¿Qué hemos perdido?

La sociedad ha cambiado.

Hoy vivimos de otra manera. Tenemos otras obligaciones, otros horarios laborales y unas exigencias técnicas y legales mucho mayores.

Pero también hemos perdido, en buena medida, aquella cultura de colaboración vecinal.

La frase: “Hoy por ti, mañana por mí” parece pertenecer a otra época.

Y quizás deberíamos preguntarnos si, además de recuperar determinadas fórmulas de acceso a la vivienda, podemos recuperar también parte de aquel espíritu comunitario.

No se trata de volver al pasado.

Se trata de preguntarnos  qué valores del pasado todavía pueden ser útiles para resolver problemas del presente.

¿Qué ha cambiado?

Hoy existen exigencias técnicas, de seguridad, accesibilidad, eficiencia energética, habitabilidad y planificación urbanística que son necesarias y que debemos respetar.

Pero una pregunta merece ser planteada: ¿Por qué no podemos recuperar la idea de facilitar que una familia participe directamente en la construcción de su propia vivienda?

No proponemos volver a una construcción sin controles.

Proponemos estudiar un modelo actualizado de autopromoción y autoconstrucción asistida, en el que la Administración facilite las herramientas necesarias y la familia pueda aportar su capacidad económica y su propio trabajo.

Y, cuando sea posible y legalmente compatible con la normativa de seguridad y prevención, podría estudiarse también cómo facilitar formas organizadas de colaboración comunitaria y ayuda mutua.

Una posibilidad para el presente

Imaginemos un programa en el que:

La familia:

  • adquiere el solar;
  • aporta los materiales dentro de sus posibilidades;
  • participa en determinados trabajos;
  • y destina la vivienda a residencia habitual.

La Administración:

  • facilita el proyecto técnico;
  • orienta y asesora;
  • simplifica y coordina los trámites;
  • facilita el acceso a ayudas;
  • proporciona asistencia técnica;
  • y garantiza que la construcción cumpla todas las normas.

La comunidad:

  • recupera, cuando sea posible, formas de colaboración voluntaria y organizada;
  • comparte conocimientos;
  • ayuda en determinados trabajos;
  • y recupera el espíritu de solidaridad vecinal.

También podrían estudiarse fórmulas cooperativas para que varias familias pudieran adquirir o desarrollar conjuntamente pequeñas promociones de viviendas.

No todas las personas podrían construir su vivienda de esta manera, ni tendría que ser la solución para todos.

Pero sí podría convertirse en una alternativa para determinadas familias que hoy no pueden comprar una vivienda terminada y, sin embargo, tienen capacidad para aportar trabajo, esfuerzo y una parte de los materiales.

Canarias ya tuvo experiencias de este tipo

La idea no es completamente nueva.

Canarias desarrolló en décadas anteriores programas públicos de autoconstrucción. La legislación canaria llegó a reconocer expresamente esta modalidad y a contemplar ayudas, proyectos y asistencia técnica.

Por tanto, no estamos hablando de una idea desconocida.

Estamos hablando de recuperar una experiencia que existió, analizar qué funcionó, corregir aquello que fuera necesario y adaptarla a las circunstancias actuales.

Una reflexión para las nuevas generaciones

Quienes construimos nuestra vivienda de esta manera sabemos que no fue fácil.

Tampoco era fácil entonces comprar una casa.

Pero existía una posibilidad que hoy parece mucho más difícil: si no podías comprar una vivienda terminada, podías intentar construirla tú mismo.

Y no estabas necesariamente solo.

Estaban tu familia, tus amigos y tus vecinos.

Existía una forma de solidaridad basada en una frase sencilla:

“Hoy por ti, mañana por mí.”

Quizás debamos preguntarnos si nuestra sociedad puede volver a ofrecer esa posibilidad, especialmente a los jóvenes y a las familias que tienen ingresos modestos.

No se trata de regalar viviendas.

Se trata de facilitar que las personas puedan construir su propio hogar y recuperar, al mismo tiempo, parte de la capacidad de ayudarnos unos a otros.

Porque una política de vivienda no debería limitarse a construir viviendas para entregar o vender.

También puede consistir en proporcionar a las familias las condiciones, el suelo, el conocimiento, la asistencia técnica y las herramientas necesarias para que puedan convertirse en protagonistas de la construcción de su propia vivienda.

Y quizás también en recuperar algo que no tiene precio: la solidaridad entre vecinos.

Desde la Federación de Asociaciones  Los Menceyes

Consideramos que esta experiencia merece ser conocida y debatida.

Por ello, creemos que sería interesante abrir una reflexión en Canarias sobre la posibilidad de crear un Programa de Autopromoción y Autoconstrucción Asistida de Vivienda, especialmente dirigido a familias y jóvenes que tengan capacidad para participar en la construcción de su vivienda habitual pero que no puedan afrontar el coste de una vivienda terminada.

Un programa que combine: suelo + asistencia técnica + simplificación administrativa + ayudas + esfuerzo personal + colaboración comunitaria.

Quizás una parte de la solución al problema actual de la vivienda no esté únicamente en construir más viviendas para el mercado.

Quizás también esté en  ayudar a las personas a construir las suyas.

La experiencia de una generación demuestra que, cuando se combinan suelo, materiales, asistencia pública, esfuerzo personal y solidaridad vecinal, la vivienda puede dejar de ser únicamente una mercancía y convertirse nuevamente en un proyecto de vida compartido.

Porque una casa puede construirla una persona.

Pero muchas veces, un hogar lo construye una comunidad.


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